En la Naturaleza todo es importante.
Desde el más colosal de los árboles y hasta el más modesto de los líquenes, todos los habitantes de nuestros campos cumplen un papel absolutamente indispensable en la conservación de los ecosistemas. Con la pérdida de cualquiera de ellos, la red de la vida pierde un eslabón con insospechadas conexiones con el resto de los protagonistas de los paisajes.
De todas las formaciones vegetales, sin duda alguna, la más vilipendiada e infravalorada es el matorral. En demasiadas ocasiones, considerados irreflexivamente como “malas hierbas”, maleza o directamente suciedad, los arbustos y los árboles de escaso porte son una de las columnas vertebrales que sostienen y enriquecen la asombrosa biodiversidad del planeta.
¿Por qué son tan extraordinariamente importantes los matorrales en la salud y conservación de nuestros ecosistemas? Os daremos 10 argumentos que consideramos de extremo valor para cuidar y admirar a esta generosa y maltratada formación vegetal:
1. En plena sequía los matorrales son las mejores “redes de lluvia”. En este 2017 de sequía de record, el matorral de las montañas nos regala una buena parte de las aguas que los suelos están guardando como un tesoro para nutrir a nuestros ríos. La intrincada maraña de hojas y ramas se comporta como núcleos de condensación que permiten atrapar las minúsculas y dispersas gotas de vapor de agua que de otro modo no llegarían a precipitar. Como si se tratara de la mágica labor de un alquimista, las gotas recién formadas sobre el follaje escurren hasta alcanzar el suelo como una autentica y delicada lluvia. Al mismo tiempo, el suelo mullido y cohesionado con la red de sus raíces y el colchón orgánico de hojas y ramas caídas año tras año, almacena esta lluvia de gotas para irlas liberando, con paciencia y extremo cuidado, hasta alimentar los manantiales y pequeños arroyos de cabecera de nuestros ríos. Así de simple y rotundo: arrancar o quemar el matorral supone disponer de menos agua en nuestros ríos, cultivos y hogares.
2. El matorral es el hogar protector del futuro bosque. La espesura del matorral crea las condiciones idóneas de humedad, sombra y aporte de nutrientes al suelo que innumerables especies de árboles requieren, muy especialmente, en sus primeras fases de desarrollo. En un clima seco y cálido como el de la mayor parte de Iberia y todo el sur de Europa, los arbustos se comportan como autenticas nodrizas de la mayoría de los árboles. Particularmente trascendental es su labor con las especies más sensibles al calor, la sequía y la insolación directa. En las sierras de Salamanca, tejos y acebos necesitan el cobijo de brezos, piornos y retamas para no ser, literalmente, abrasados por los rayos del sol. Sin la copa protectora de esta maraña, hace tiempo que habríamos perdido a estas dos joyas botánicas amantes de los climas más frescos y húmedos.
3. El más confortable de los refugios invernales: erizos, lagartijas y lagartos, culebras, eslizones, incontables insectos, corzos, ciervos, jabalíes, zorros, liebres, lobos…y ¡suelos!, necesitan del cálido abrigo del matorral. Su techumbre ofrece el más seguro y cálido refugio invernal frente al azote del viento, los hielos, nieves y las miradas. El suave y oculto microclima creado dentro del laberinto de sus cepas retorcidas, hojas y ramas, proporciona a animales y plantas la protección que requieren para superar la dura prueba de los largos meses de frío y escasez. Todos deben al abrigo del matorral una buena parte de sus posibilidades de superar con éxito el invierno.











